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En tierra Masái (3ª parte)

SERRALLONGAGuerrero masái junto a Jordi Serrallonga. Maramboi, Tanzania

(Originalmente publicado en http://www.anthropologies.es)

En los posts del reportaje “En tierra Masái” se publicaban las entrevistas realizadas a dos miembros de la comunidad masái de Loliondo. En esta ocasión, he tenido la suerte de realizar una serie de preguntas al profesor Jordi Serrallonga. No quisiera dejar pasar la oportunidad de agradecer al Jordi su tiempo y disposición para realizar esta pequeña entrevista.

Jordi Serrallonga es arqueólogo, naturalista y explorador. Es profesor de Prehistoria y Evolución Humana de la Open University of Catalonia, y profesor asociado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Además es director de HOMINID Grupo de Orígenes Humanos de la Universidad de Barcelona y director de numerosas expediciones arqueológicas, naturalistas y antropológicas por Tanzania.

A continuación, la entrevista realizada en la que el profesor Serrallonga ofrece un punto de vista muy interesante:

– ¿Desde cuándo tiene contacto con Tanzania?

Desde la década de los 90, cuando empecé a explorar las tierras de la antigua Tanganyika en pos de los Orígenes de la Humanidad y acabé encontrándome con un paraíso de etnias, faunas, floras, paisajes…

– ¿Ha visitado la división de Loliondo?

Sí, la he visitado en diferentes ocasiones.

– ¿Conoce el conflicto de tierra que existe en Loliondo?

Lo conozco. Me hablan del conflicto, pero también se vive.

– ¿Conoce personalmente a masáis que vivan allí y que hayan sufrido o estén sufriendo esta situación?

Tengo el placer, el honor, de conocer y compartir amistad con muchos tanzanos. Es una de las buenas experiencias que te da África, hacer cientos de amigos. Y, por cuestiones relacionadas con mi trabajo antropológico y arqueológico de campo, un buen número de estos amigos son maasai y, algunos, habitan en Loliondo.

– ¿Puede describir en qué consiste este conflicto?

Es un tema complejo y difícil de resumir en pocas palabras. Ahora bien, si realizamos un ejercicio de síntesis, el resumen sería que los maasai ocupan, desde aproximadamente el siglo XVII, los territorios del Norte de Tanzania. Cuando no existía un gobierno estatal, cuando las etnias se ubicaban en las tierras más fértiles para cazar y recolectar (es el caso de los hadzabe), o para la ganadería (es el caso de los maasai), no tenían ninguna institución que les dijera que estas regiones tenían un “amo”. Mientras los hadzabe nunca han creído que la tierra es suya pues son nómadas predadores sin sentimiento de propiedad privada, los maasai, desde sus orígenes –ganaderos seminómadas y guerreros que desplazaron a otros pueblos en su camino migratorio procedente de las regiones nilóticas– tomaron posesión de estas regiones: era su país. Con el proceso de colonización y descolonización, con la aparición de los estados modernos en África, el gobierno, el gobierno de todos los tanzanos, pasó a ser el propietario de la tierra. Y este es el origen del conflicto. Mientras que los maasai seguían ocupando, con sus rebaños y bomas (poblados), territorios alejados de las incipientes urbes y negocios del turismo, no existió ningún problema. Ya en la década de los 60 los maasai, a instancias del gobierno del primer presidente de la Tanzania independiente, Julius Nyerere, abandonaron de forma voluntaria y pacífica las rica región que hoy ocupa el Parque Nacional del Serengeti. Los motivos: preservar la fauna que estaba en peligro de extinción debido, sobre todo, a la descontrolada caza mayor del hombre “blanco”. Una reducción de la fauna que podía acabar con este paraje natural si los pocos animales salvajes entraban en contacto con los animales domésticos de los maasai.

Entonces, los maasai se tuvieron que desplazar hasta otras zonas que estaban ocupadas por otros clanes maasai, y otras etnias: Ngorongoro, Loliondo, Arusha, etc. Y ahí han seguido desarrollando su forma de vida basada en la producción y riqueza del ganado. Ahora, en un caso parecido al ocurrido al de los años 50 y 60 en el Serengeti, el gobierno tanzano les pide que marchen de la región de Loliondo para facilitar los corredores naturales de la fauna salvaje que se mueve entre Tanzania (Serengeti) y Kenia (Maasai Mara). Ellos creen ser los propietarios históricos y morales de la tierra pero, según la legislación vigente, el propietario legal es el gobierno. Por lo tanto, el conflicto está servido pues los maasai de Loliondo no quieren abandonar el que consideran su hogar, y el gobierno esgrime el argumento que es para beneficio de todos los tanzanos y su patrimonio natural. El problema es que, en todo este embrollo de posesión de tierras, ha aparecido un tercer agente. Una empresa dedicada a la caza mayor que está actuando en la zona y que plantea un debate: ¿es compatible pedir a los maasai que se marchen de Loliondo por un tema de conservación de la vida natural y, al mismo tiempo, permitir actividades cinegéticas? Como decía antes, un tema muy complejo.

– ¿Cómo afecta al modo de vida del pueblo masái?

En primer lugar, y como es natural, ningún pueblo quiere marchar de la que considera que es su tierra; los maasai, como decíamos antes, son productores y, a pesar de llevar una vida nómada que cada vez se sedentariza más debido a la disminución de los territorios de pastos, se creen propietarios del territorio que ocupan. Además, si marchan hacia otros lugares, con sus grandes rebaños de ganado, entrarán en conflicto con agricultores, granjeros, e incluso otros pueblos ganaderos –entre ellos, los propio maasai– que no podrían absorber la llegada de más habitantes y sus actividades económicas. Por lo tanto, es posible que muchos maasai tengan que abandonar la vida ganadera para adoptar, como ya ocurre en otras zonas, la vida agrícola o urbana.

– ¿Desde cuándo tiene constancia de este problema?

Es un problema largo; en la década de los 90, cuando llegué allí, ya se hablaba.

– ¿Cuál cree que sería una posible solución viable a esta situación?

La única solución que veo es realizar proyectos de conservación del medio que no sólo tengan en cuenta a la flora y fauna salvajes –que, como naturalista, considero importantísimas para Tanzania y el Planeta– sino también a los pueblos humanos que viven en ellos de forma tradicional. Aún así, este discurso puede parecer romántico y egoísta. Me considero amigo de los maasai y, desde que era un chaval, soñaba con conocerles y ser uno de ellos. He escrito sobre ellos. Los estudio. Pero también hemos de reconocer que nos preocupamos por los maasai porque son visibles; son un icono de África para documentales, revistas de fotografía y pósters para agencias de viajes. Pero en Tanzania, y en estos territorios existen otros muchos pueblos. Los hadzabe, como cazadores-recolectores, están a punto de desaparecer ante el desconocimiento de buena parte de la comunidad internacional, y existen pueblos agrícolas que también se ven inmersos en estos conflictos.

– ¿Qué considera que puede hacerse desde fuera de Tanzania para ayudar a la comunidad masái?

En relación a mi respuesta anterior, pienso que, en primer lugar, desde Europa, desde los Estados Unidos, Japón, Australia, etc., tenemos que empezar a entender que África no es un gueto nuestro. Debemos de abandonar la falsa actitud paternalista que nos lleva a querer salvar la parte más romántica de África (la que nosotros hemos perdido en nuestras regiones: la naturaleza, las etnias tradicionales, etc.) diciendo siempre cómo deben actuar los gobiernos africanos. Estos gobiernos necesitan introducir cambios (carreteras, empresas, industrias, ciudades, etc.) para poder permitir que sus países avancen. La especie humana es así: crece, crece y crece. Y, aunque soy el primero que sigo emocionándome, como científico y como persona, cuando veo los paisajes de África, y la forma de vida de los maasai, también entiendo que cambiarán de forma inevitable.

En resumen, es bueno que reivindiquemos el conflicto de Loliondo, y esto hará que se intenten buscar mejores soluciones, pero llevo muchos años en África y tenemos tendencia a criticar lo negativo que ocurre allí y jamás hablar de las muchas cosas positivas que se hacen. Desde dentro, desde fuera, se ha denunciado el conflicto de Loliondo. Ahora son los tanzanos los que deben tomar decisiones y soluciones de forma interna.

– Por favor, indique lo que estime conveniente acerca de este conflicto de tierra y de intereses políticos y económicos que existe entre el gobierno tanzano, las empresas de inversionistas y la comunidad masái.

Llevo dos décadas pasando gran parte de mi tiempo en Tanzania, y seguiré haciéndolo, pero sólo un tanzano –y quizás ni tan siquiera él– puede conocer todos los flecos de la problemática.

Este reportaje concluye temporalmente, no sin antes hacer mención a un acontecimiento de gran relevancia para Tanzania. El pasado 25 de octubre tuvieron lugar las elecciones generales a la Presidencia del país. Los resultados mantienen al mismo partido político en el poder, Chama Cha Mapinduzi (CCM), aunque Jakaya Kikwete, el anterior presidente, ha dejado el cargo tras cumplir dos mandatos de cinco años. A pesar de que tuvo a Edward Lowassa, de etnia masái, como un fuerte rival, John Magufuli finalmente fue declarado ganador por la Comisión Nacional Electoral, tras haber recibido el 58% de los votos. Seguidamente el 5 de noviembre de este mismo año fue investido comoPresidente de Tanzania. Para muchos masáis no ha sido una buena noticia, aunque por el momento afirman que las cosas están tranquilas en Loliondo.

Antes de las elecciones, como candidato prometió la redistribución de las tierras no utilizadas para evitar enfrentamientos entre los agricultores por un lado, y los ganaderos y pastores por otro.

“Sé que incluso altos funcionarios del gobierno poseen grandes extensiones de tierra, mientras que los campesinos y ganaderos tienen que compartir lotes pequeños, lo que alimenta conflictos que podrían evitarse”, dijo durante un mítin el candidato del Chama Cha Mapinduzi (CCM), partido en el poder desde la independencia de Tanzania en 1964.

El futuro aún queda por escribir para los tanzanos, incluyendo a etnias minoritarias como los masái, los datoga o los hadzabe, entre muchas otras. Esperamos que se encuentre una solución lo más adecuada posible a los conflictos y situaciones que viven miles de personas en este rincón de nuestro mundo.

REFERENCIAS:

http://www.elmuni.com/2015/10/anuncian-hoy-los-resultados-de-las-elecciones-en-tanzania.html

http://www.bbc.com/news/world-africa-34670983

Imagen: http://www.jordiserrallonga.com/Jordi_Serrallonga/Galeria.html#0

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Datoga

El viaje a Tanzania nos permitió conocer diferentes etnias con diversos modos de vida. En el anterior post sobre los Hadzabe hice una breve mención a otro pueblo que vive también en el área del Lago Eyasi. Este post tiene como epicentro a este pueblo: los Datoga.

Los Datoga tienen varios nombres alternativos: Taturu, Mangati (que significa “Fiero enemigo” para los Masais), Tatog, Datooga y Barabaig. El hecho de que los Masais les hayan dado ese nombre revela una historia de conflicto anterior. Durante nuestra estancia en Tanzania, varios Masais nos acompañaron a todos los lugares que visitamos excepto a uno: ese lugar es el territorio de los Hadzabe y de los Datoga.

Evidencias arqueológicas, históricas y etnolingüísticas sitúan sus orígenes en el sur de Sudán o al oeste de las montañas de Etiopía, probablemente hace 3.000 años. Se estima que el rango de población Datoga en Tanzania varía entre 30.000 y 76.000 individuos.

El paisaje que habitan los Datoga sigue siendo igual de agreste y árido que la tierra Hadzabe.

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Tienen construcciones diferentes que los identifican. Construyen sus casas con palos, arena y estiércol de vaca. El techo es también de barro, al contrario de otras tribus que techan sus casas con hierbas.

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Se autoidentifican como pastores (los ganados se componen de cabras, ovejas y burros, pero el ganado vacuno es para los Datoga su recurso más importante), aunque también confían en estrategias de subsistencia variadas incluyendo la ganadería, el comercio y el trabajo asalariado. A lo largo de la región, algunas comunidades continúan desempeñando prácticas tradicionales y manteniendo una dieta basada en la leche, mientras que otras comunidades prefieren la agricultura intensiva y el matrimonio interétnico (sobre todo con la etnia Iraqw).

Los cambios económicos hacia el trabajo asalariado y el comercio han modificado la composición doméstica Datoga. Tradicionalmente patrilineales y polígamos, los hombres ricos Datoga otrora se casarían con múltiples mujeres de otros clanes y mantendrían núcleos domésticos también múltiples para poder acceder a una mayor diversidad de tierras de cara a la agricultura y al pastoreo. A menudo las familias poseían una red comunitaria y de parentesco en la que podían confiar en períodos o momentos de escasez. Las familias con más riqueza ayudaban a las más pobres compartiendo el ganado, además de otras formas cooperativas en cuanto a la distribución de recursos.

Actualmente, las familias Datoga se están reduciendo y se encuentran cada vez más aisladas de las redes sociales. Esto es más característico en las regiones donde siguen desempeñando actividades de pastoreo.

Estos cambios en la composición y estructuras familiares se deben a las nuevas actividades laborales, a las políticas de ajuste que incrementan el coste del ganado, los productos de cultivo como el maíz, las alubias o el arroz, la educación y el cuidado médico. Como resultado, los tamaños de muchas familias están mermando, con hombres que se casan con una única mujer, siendo las mujeres las cabeza de familia mientras los hombres emigran para trabajar.

En la aldea Datoga pudimos ver que también son artesanos del metal: son herreros. Fabrican una amplia variedad de objetos: desde productos decorativos como pulseras y adornos para el pelo, hasta puntas de flecha, cuchillos, azadillas para el campo, cubiertos, etc. Acuden al mercado a kilómetros de distancia para adquirir candados, cerraduras, o cualquier objeto de metal que puedan fundir. Estos productos los realizan para comercializar con ellos, además de para uso propio. Supimos que, si bien los Masais y los Datoga son enemigos desde hace mucho, los Hadzabe y los Datoga se ayudan mutuamente en un mundo cada vez más hostil para con ellos. Los Datoga les proporcionan puntas de flecha de metal para cazar, así como maíz y otros productos alimenticios.

Objetos de metal para fundir que adquieren en el mercado

Presenciamos el proceso de fundido, en una hoguera en el suelo avivada por fuelles para alcanzar la temperatura apropiada. Son muy diestros en el desempeño de esta labor.

Tras fundir los objetos de metal, hacen uso de moldes de piedra para obtener diferentes formas. Las puntas de flecha, por ejemplo, han de pasar después por otro proceso para darle la forma deseada a base de golpes con martillo y moldeado con una lima.

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La imagen persistente en mi memoria de aquel paisaje seco, aparentemente carente de vida, no se difumina. En todo momento me pregunté por la escasez de agua, si bien horadan pozos para obtenerla. Pero parece increíble que el ganado pueda pastar cuando prácticamente no hay pasto. Nunca en mi vida había visto a ovejas saltar a las ramas de pequeños árboles para poder comer. No me puedo imaginar los kilómetros que han de recorrer para encontrar una tierra menos yerma.

Todavía hoy, desde mi escritorio, a 9.000 kilómetros de distancia, tengo en mi interior una mezcla de sentimientos. Me enorgullece que existan pueblos que se resistan a cambiar sus modos de vida. Al mismo tiempo siento frustración al pensar que este mundo depredador en el que vivimos está acabando con ellos. El cambio es inevitable, lo sé, de una manera o de otra. Pero no a costa de hacer daño a familias, a etnias, a culturas, a personas. Los Datoga han sufrido desalojos de sus tierras. Se les ha ido empujando a áreas poco productivas, que casi no los pueden sostener. Ha habido muertes, hambre, conflictos, lágrimas, sufrimiento, pérdidas, desarraigo, abusos de los derechos humanos… Otro caso más de codicia e injusticia humanas. Ahora, estos pueblos se ven obligados a cambiar sus costumbres. Obligados a vender y comprar, a complementar su modo de vida con el turismo, a basar sus vidas en el dinero. El dinero, siempre el dinero… No encuentro ético contribuir a hacer desaparecer sus costumbres. Pero, ¿qué pueden hacer para evitar esta situación? Y en ese conflicto me encuentro: ¿debemos adquirir sus productos para que puedan sobrevivir? ¿Qué solución habría como contrapartida al turismo? ¿Qué podemos hacer para frenar a un gobierno que fuerza a sus pueblos a cambiar sus costumbres aunque los interesados no quieran? Quizá un turismo responsable y no depredador. Una actividad que complemente su modo de vida tradicional para que no lo pierdan del todo…

Fuentes:

http://alysongyoung.org/datoga/

http://www.busaraproject.org/the-tribes/

http://www.warriorsorganization.org/datoga.html

http://www.uib.no/filearchive/1037346e5bb6ea1002-1-.pdf

http://www.danielasieff.com/wp-content/uploads/2014/09/Sieff-D.F.-1997-Herding-strategies-of-the-Datoga-pastoralists-of-Tanzania-is-household-labor-a-limiting-factor.pdf

http://www.datoga.org/

http://www.rtve.es/alacarta/videos/los-ultimos-indigenas/ultimos-indigenas-datoga/2013891/

Hadzabe

Este post comienza con un arma venida de África. Un arco y unas flechas de pequeño tamaño elaborados por la etnia Hadza del Lago Eyasi, en Tanzania:

arco y flechas

Los Hadzabe son un grupo étnico de Tanzania central, que vive en los alrededores del Lago Eyasi (al que ellos llaman Balangida), al este del Valle del Rift, en las proximidades de la llanura del Serengeti. La palabra Hadzabe es el plural de Hadza, aunque es habitual encontrar escrito “los Hadza” a modo de abreviatura.

La idea de poder visitar una familia de la comunidad Hadzabe no es algo fácil de asimilar, ni siquiera como estudiante de Antropología Social. En nuestro viaje a Tanzania en noviembre de 2014, visitamos la zona del Lago Eyasi. Aún no habían llegado las lluvias, por lo que el lago estaba bastante seco. A medida que nos acercábamos al territorio de los Hadzabe, el entorno era aún más árido, aunque con arbustos (oldupai, acacia, aloe vera) y árboles como el baobab.

baobab

Será difícil olvidar la primera vez que vimos a miembros de esta etnia alrededor del fuego bajo un abrigo rocoso, ataviados en parte con pieles de babuino y muchos sin calzado.

abrigo rocosoabrigo rocoso

Durante el tiempo que estuvimos con ellos, nos mostraron cómo era su forma de vida. Su economía se basa en la caza y la recolección. Existe una marcada división sexual del trabajo:  los hombres se dedican a cazar y, las mujeres a la cría de los hijos, a recolectar tubérculos, raíces y frutos, y en ocasiones a cocinar. No obstante, la recolección de la miel es llevada a cabo por los hombres. En la economía de algunos Hadzabe también hay sitio para la venta de artesanía: las mujeres venden collares, pulseras, etc. y los hombres ofrecen arcos de distintos tamaños y flechas. En algunas regiones del Lago Eyasi, los Hadzabe viven también del turismo, mostrando a los visitantes cómo cazan, qué recolectan, cómo hacen fuego y vendiendo sus productos artesanos.

arcos y flechas

mujeres
Mujeres Hadzabe

El área que habitan los Hadzabe que visitamos es una zona sin demasiados recursos. Hay pocas opciones de caza, por lo que se ven obligados a desplazarse alrededor de 30 km para conseguir presas grandes. Es posible que se ausenten de su hogar durante 3 días. A veces, en lugar de arrastrar un animal de gran tamaño hasta el campamento, el campamento entero se desplaza hasta el despojo. La dieta es esencialmente vegetariana: el 80%-85% corresponde a vegetales que consiguen las mujeres. Los estudios del antropólogo Frank Marlowe han demostrado que las bayas constituyen el 17 % de la comida llevada a los poblados Hadza, una contribución en calorías aproximadamente equivalente a la de la carne que proporcionan los cazadores. Aunque las piezas de caza mayor son muy codiciadas, los cazadores optan a menudo por animales menores, como dik-diks, aves y lemúridos, aunque aborrecen las serpientes. Los Hadzabe, como muchos cazadores-recolectores, siguen hoy una dieta más estable y variada que la mayoría de los ciudadanos del mundo. Disfrutan de mucho tiempo de ocio. Se calcula que «trabajan» (buscan alimento activamente) de cuatro a seis horas al día. Y apenas han dejado huella en el paisaje.

Loro cazado con flecha
Loro cazado con flecha
bayas
Bayas recolectadas
miel
Recolectando miel

Normalmente son monógamos y las familias son habitualmente endogámicas. No están muy de acuerdo con el matrimonio entre familiares cercanos, pero no son estrictos en las normas. Prefieren casarse entre primos segundos y también se permite la poliginia. Se ha hablado incluso de poliandria, pero parece ser que esto se ha relacionado más con la existencia de 2 ó 3 pretendientes de una mujer joven estando aún soltera. Aunque no es una regla obligatoria, suelen practicar el levirato: cuando un hombre muere, su hermano ha de casarse con la viuda y cuidar de sus hijos adoptando el rol de padre. Cada grupo está formado por unos 20 ó 30 miembros. Y, según nos indicó nuestro intérprete, en total, alrededor del Lago Eyasi, hay aproximadamente 500 Hadzabe que continúan manteniendo el modo de vida tradicional. Los campamentos hadza son colectivos abiertos de familiares consanguíneos y políticos, y amigos. Cada campamento tiene unos cuantos miembros centrales y la mayoría va y viene a voluntad.

Se trata de una sociedad sin escritura que transmite sus conocimientos de forma oral. No hay ritos funerarios, ni religión, aunque tienen ciertas creencias en el sol y la luna.

“Una vez pedí a Onwas que me hablase de Dios, y me contestó que tenía un brillo cegador, era extremadamente poderoso y esencial para toda forma de vida. Dios, me dijo, era el sol”. – Michael Finkel, reportero de National Geographic.

Hablan su propia lengua, el hadzane. El hadzane es una lengua khoisán que parece no guardar relación con ninguna otra. Genéticamente, el pueblo Hadza no está relacionado con los pueblos khoisán de África del Sur. Las lenguas khoisán se caracterizan por el uso de “clics” o chasquidos efectuados al golpear la lengua en el paladar. En el siguiente enlace, se puede comprobar el sonido de la lengua hadzane: https://youtu.be/YzqbWA2e79Y

Su modo de vida ha cambiado menos que otros a lo largo de su historia. Pero este hecho no tiene por qué convertirlos en “primitivos” o “prehistóricos” según el punto de vista de algunas personas. Cuando se afirma que apenas han cambiado sus costumbres y modo de vida durante miles de años, muchas veces se malinterpreta. Son vistos como congelados en el tiempo, como protagonistas de una foto fija en la que no han intervenido nunca procesos ni dinámicas que les hayan afectado. Son considerados por algunos como fósiles vivientes. Los occidentales sometimos a innumerables pueblos durante el colonialismo forzándoles a modificar sus costumbres. Ahora, algunos se sitúan en el otro extremo: en el conservacionista. Nos sentimos responsables de conservarlos para que su “cultura” no llegue a desaparecer.

“Los antropólogos se resisten a ver a los cazadores-recolectores actuales como «fósiles vivientes». El tiempo no se ha detenido para ellos. Pero han mantenido su estilo de vida de recolectores pese a llevar mucho tiempo expuestos a los grupos agricultores de su entorno, y es posible que su existencia apenas haya variado a lo largo de los siglos”. – Frank Marlowe, profesor de Antropología de la Universidad del Estado de Florida.

Nuestro intérprete, Gaspar, había convivido con los Hadzabe durante meses y estaba muy involucrado en ayudar a esta comunidad. El modo de vida tradicional hadza peligra. El cambio es inevitable para cualquier pueblo, aunque ellos tienen muy claro que no desean modificar sus costumbres. El gobierno intentó escolarizar a los Hadzabe pero éstos se negaron. No son un orgullo para el gobierno, a quien no le gusta la imagen que proyectan, según ellos de “atraso”. La idea que Tanzania quiere exportar es la de prosperidad. La Iglesia fundó un proyecto, el Hadzabe Community Project, para facilitarles ayuda y suministros a cambio de introducir la religión cristiana en su comunidad. La respuesta de los Hadzabe fue que ellos no habían pedido ayuda. Si la Iglesia quería ayudarles libremente, podía hacerlo. Pero ellos no iban a permitir que sus costumbres y modo de vida cambiasen.

“En una ocasión mostré a Onwas un mapamundi. Lo desplegué sobre el suelo y sujeté las esquinas con piedras. Se congregó una multitud. Onwas lo miró fijamente. Le señalé el continente africano, luego su país, Tanzania, luego la región en la cual vive. Le mostré Estados Unidos. Le pregunté qué sabía de ese país: el nombre del presidente, la capital. Dijo que no sabía nada. Ni siquiera conocía al presidente de su propia nación. Le pregunté, con toda la corrección posible, si sabía algo de algún país, el que fuera. Se detuvo un momento, reflexionó, y de pronto exclamó: «¡Londres!». No supo explicar qué era exactamente aquello de Londres. Sólo sabía que era un sitio que no estaba en el bush”. – Michael Finkel, reportero de National Geographic.

Uno de los factores que probablemente ha contribuido de forma importante en la conservación de las costumbres ancestrales en el pueblo Hadza es que estos han ocupado tierras poco ambicionadas por los grupos vecinos, ya que son tierras salobres, con baja precipitación. Sin embargo en los últimos decenios la presión demográfica ha empujado a colonos a ocupar hasta el 75% de las tierras que los Hadzabe disponían en los años 1950.

No construyen viviendas permanentes. Son nómadas, aunque se mueven menos que antes. En la estación seca, que dura de mayo a octubre, los Hadzabe duermen al raso, envueltos en una fina manta junto al fuego. Durante la estación lluviosa levantan pequeños refugios abovedados con ramitas y hierbas entrelazadas, como nidos de pájaro puestos del revés. No tardan más de una hora en construir uno. Mueven el campamento más o menos una vez al mes, cuando las bayas o el agua escasean, la caza se complica o hay alguna enfermedad grave o un fallecimiento. Los Hadzabe no se andan con sentimentalismos. Ni siquiera se arma demasiado revuelo cuando muere uno de los suyos. Cavan un hoyo y entierran el cuerpo. Hace una generación ni siquiera lo hacían: lo dejaban sobre la tierra para que fuese pasto de las hienas. Hoy siguen sin marcar las sepulturas. No hay funerales. El enterramiento se lleva a cabo sin ritos de ningún tipo. Tiran unas ramitas secas sobre la tumba, y siguen su camino.

Choza para la época de lluvias
Choza en época de lluvias

Intercambian con sus vecinos productos como la miel, la carne y pieles de animales cazados. Truecan miel por clavos (que luego se convertirán en puntas de flecha) y por las coloridas cuentas de plástico y vidrio que las mujeres convierten en collares.

Pieles de animales cazados: babuinos, dik-diks, etc.
Pieles de animales cazados: babuinos, dik-diks, etc.

Son una sociedad igualitaria en la que no hay rangos ni jerarquías, si bien las personas de más edad aconsejan al resto del grupo y ayudan en la toma de decisiones. Quizá esto se explique debido a la ausencia de propiedad privada y a la consecuente falta de delimitación del territorio. Nadie acumula riqueza. El fenómenos del compartir es esencial entre ellos.

El estatus en el grupo tiene que ver con la destreza al cazar, pero esto no deriva en una jerarquía dominante. Se tiene especial respeto a las personas de más edad. Es costumbre hadza que el cazador responsable de la captura no haga alarde de ella. La caza tiene mucho de suerte, y hasta los mejores arqueros pasan una temporada floja. Por eso los Hadza comparten la carne en comunidad.

“Al matar un animal, se le quita la piel y la carne es dividida por dos o tres personas entre los hombres más viejos. El cazador puede colaborar en esto, pero en línea de máxima no debería hacerlo”. – James Woodburn, antropólogo social.
caza

Las armas que emplean normalmente son hachas, arcos y flechas, aunque pueden usar cuchillos u otros instrumentos. Usan plumas de gallinas de Guinea que cazan para estabilizar la flecha. Cortan la pluma, la doblan y la unen mediante tendones de antílope. En el grupo que visitamos, los Hadza disponían de puntas de flecha metálicas. Gaspar nos comentó que realizan también intercambios comerciales con sus vecinos Datoga, quienes adquieren en el mercado objetos de metal como clavos, y los funden para fabricar puntas para los Hadza (habrá una entrada exclusiva para los Datoga más adelante). También nos indicó que, si la comida escaseaba, les traían maíz y otros alimentos del mercado. Datoga y Hadzabe se ayudan mutuamente para sobrevivir en un medio cada vez más amenazador.

Los Hadzabe no tienen especialistas políticos. De hecho, no hay una especialización de roles exceptuando la división sexual del trabajo. Cada uno sabe cómo conseguir todo aquello que necesita y no depende de nadie más. Cada hombre sabe cómo fabricar su propio arco, su hacha y su veneno con savia hervida de la rosa del desierto; cómo hacer fuego, cómo seguir rastros, y cómo hacer estacas para trepar a los baobabs para conseguir miel. Cada mujer sabe cómo elaborar su propio instrumento para cavar la tierra, cómo encontrar tubérculos y extraerlos, cómo construir una casa, y cómo hacerse la ropa, adornos y cestas o encontrar calabazas para transportar agua o bayas. Incluso en lo que se refiere a la medicina, cada hombre y cada mujer saben qué plantas usar para cada enfermedad. No hay chamanes, ni curanderos. Tampoco usan ningún tipo de calendario. No llevan cuenta de los años ni tampoco ma­­nejan horas, días, semanas ni meses. La gente duerme cuando tiene ganas. Algunos pasan despiertos buena parte de la noche y dormitan con el calor del día.

Una anécdota que nos contó Gaspar es cómo mantienen su dentadura aseada. Alrededor del asentamiento había diversos arbustos, algunos con unas espinas bastante grandes, como los arbustos de acacia. Los Hadzabe arrancan las espinas, introducen uno de los extremos de la espina en la boca, lo humedecen con la saliva y lo mastican suavemente hasta crear una especie de pequeña brocha. Una vez hecho esto, pasan este pequeño cepillo natural por sus dientes para deshacerse de cualquier resto de comida.

Nos complació sobremanera comprobar que había bastantes niños y algunos bebés. Las niñas juegan con muñecas hechas de arcilla o de ropas viejas. Los niños practican su puntería con arco y flechas durante horas.

El ritual hadza más importante es la danza epeme, que se baila en las noches sin luna. Hombres y mujeres se dividen en dos grupos. Las mujeres cantan mientras los hombres, uno tras otro, se van colocando un tocado de plumas, se atan cascabeles en los tobillos y comienzan a pavonearse, golpeando con fuerza el pie derecho contra el suelo al ritmo de la canción. Se supone que en las noches de epeme los antepasados salen del bush y se unen a la danza.

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La principal razón de que los Hadza hayan podido mantener su estilo de vida durante tanto tiempo es que su territorio nativo nunca ha sido un lugar atractivo. El suelo es salino, el agua dulce escasea, abundan los insectos, etc. Por lo que se ve, nadie más ha querido vivir aquí. En los últimos tiempos, sin embargo, las crecientes presiones poblacionales han llevado consigo una rápida afluencia de nuevos residentes hasta el territorio hadza. El hecho de que la presencia de esta etnia sea tan benigna para con la tierra, en cierto modo los ha perjudicado: los extranjeros ven en ella una región desierta y desaprovechada, un lugar que pide a gritos ser desarrollado. Los Hadza, pacíficos por naturaleza, siempre han preferido desplazarse a combatir. Pero ahora ya no tienen adónde replegarse.

Actualmente, en el bush hadza hay pastores de vacas y cabras, y cultivadores de cebollas y de maíz, y cazadores deportivos, y furtivos. Los excrementos de las vacas contaminan las charcas. Las pezuñas del ganado pisotean la vegetación. El matorral se roza para abrir paso a los cultivos; la poca agua que hay se usa para regarlos. Los animales de caza han migrado a parques nacionales, fuera del alcance de los Hadza. Los bosquecillos de bayas y los árboles que atraen a las abejas han sido arrasados. A lo largo del último siglo los Hadzabe han perdido el uso exclusivo de hasta el 90 % de su tierra nativa.

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Cierro esta entrada con una fotografía en la que aparece un hombre delante de mí. Gaspar habló de que la esperanza de vida entre los Hadzabe era de unos 45 años, aunque haya casos en los que se llegue hasta más allá de los 60. El hombre de la imagen tenía justo 45 años. Siempre que miro esta fotografía pienso en, si la próxima vez que vuelva a Tanzania, seguirá en el grupo. En si ahora estará junto a su familia en el mismo lugar donde los vimos. La vida de los Hadzabe es dura, pero es la vida que ellos han decidido llevar durante océanos de tiempo. Ahora las cosas están cambiando. Y yo les admiro por conseguir ser prácticamente autónomos pese a todas las dificultades que los rodean, por vivir armónicamente con la naturaleza, por no tener ataduras sentimentales ni materiales como nosotros, por vivir el presente sin pensar en el futuro. Carpe diem, Hadzabe.

Fuentes:

-UBALDO MARTÍNEZ VEIGA, (2010) Historia de la Antropología, Formaciones socio-económicas y praxis antropológicas. Teorías e ideologías. UNED Madrid.

– JAMES WOODBURN (1970) Hunters and gatherers: the material culture of the nomadic Hadza. British Museum.

-FRANK W. MARLOWE, (2010) The Hadza: Hunter-Gatherers of Tanzania (Origins of Human Behavior and Culture. University of California Press.

-Entrevista a Jordi Serrallonga en la Revista Redes para la ciencia. 2010.

http://www.nationalgeographic.com.es/2009/12/23/los_hadza.html#gallery-15

http://www.nationalgeographic.com.es/2009/12/23/los_hadza_2.html